lunes, 4 de julio de 2011

Muerte sin fin

La locura de los exámenes finales se ha apoderado incluso de Over The Rainbow pero no podemos dejar de poner algo, mientras regresamos con nuestro cuentos y alguna nueva historia por contar. En medio de la locura de los exámenes la poesía llegó con el mejor paisaje para el fin del mundo y la grandiosa intervención de un amigo en clases, como para aliviar el stress previo al examen "Yo quiero que en el 2012, cuando acabe el mundo, sea igualito que el poema."

Los dejo con la parte XVII de Muerte sin fin de José Gorostiza, y el fin del mundo más poético de todos.

XVII

Porque raro metal o piedra rara,
así como la roca escueta, lisa,
que figura castillos
con sólo naipes de aridez y escarcha,
y así la arena de arrugados pechos
y el humus maternal de entraña tibia,
ay, todo se consume
con un mohino crepitar de gozo,
cuando la forma en sí, la forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte
y en su sed de agotarla a grandes luces
apura en una llama
el aceite ritual de los sentidos,
que sin labios, sin dedos, sin retinas,
sí, paso a paso, muerte a muerte, locos,
se acogen a sus túmidas matrices,
mientras unos a otros se devoran
al animal, la planta
a la planta, la piedra
a la piedra, el fuego
al fuego, el mar
al mar, la nube
a la nube, el sol
hasta que todo este fecundo río
de enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso caudal de su apetito,
no desembocan en sus entrañas mismas,
en el acre silencio de sus fuentes,
entre fulgor de soles emboscados,
en donde nada es ni nada está,
donde el sueño no duele,
donde nada ni nadie, nunca, está muriendo
y sola ya, sobre las grandes aguas,
flota el Espíritu de Dios que gime
con un llanto más llanto aún que el llanto,
como si herido -¡ay, Él también!- por un cabello,
por el ojo en almendra de esa muerte
que emana de su boca,
hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta.
¡Aleluya, aleluya!

domingo, 19 de junio de 2011

GABRIELLE ET MOI


Cruzo el parque, tengo que alcanzarla. Asomo la cabeza entre los hombros de todos aquellos sastres y ternos. Nadie me abre paso, el mundo les estorba tanto como ellos a mí. Puedo ver su cabellera y su pequeña oreja derecha. Pequeña como la niña que conocí hace 20 años. Avanzar por las calles de Paris a las 8 de la mañana es casi un caos. Es difícil seguirla con la vista, los lentes se me caen por la nariz. Su abrigo rojo se ve a lo lejos y va entre la gente. Pasa al señor antes que pueda mirarla, esquiva a la mujer insatisfecha que mira en la puerta de la pastelería. Eran los pasos cortos, ahora ya no andaban por los jardines, van por el cemento húmedo de esta ciudad. Pasos cortos, veloces, aferrada a su bolso como se aferraba al brazo de su hermana cuando caminaban juntas por Gironde.
 
Las mañanas de Gironde comenzaban con el sol naranja. Lleno de sol en el día, jazmín en las noches, lavanda en las ventanas, la leche fresca a las seis de la mañana. Se llenaban de luz todos los rincones en cada casa y debajo de las piedras, pero calentaba poco. Con el sol naranja en el rostro, apenas y dejaba verse entre un halo de luz más fuerte que cualquier aparición divina. Me apoyé en aquel viejo muro y la vi con su vestido de flores. Sacada de los cuadros que nos enseñaba la maestra en los slides. Era como vivir en esos cuadros impresionistas de la clase de arte. Era vivir en la mirada de esos pintores, como ese que dicen llegó a nuestro pueblo hace mucho para pintar nuestras calles. Fue el primero en caer del árbol cuando apenas comenzaba el invierno. En el primer día del otoño fue el viento de Gironde quien me llevó hasta su casa para verla. Mi cometa voló lejos de la pradera donde jugaba con los otros chicos. No resistió mucho, tal vez era la caña que había usado, había perdido la apuesta, con sus cuatro colores salió volando para caer en el jardín de maison au fin de la rue. Hacía muchos meses que no me acercaba, desde que Madame Mauresmo cayó del árbol por sacar a su gato. El sauce se imponía en la entrada como una advertencia para el pueblo entero. Una sonrisa, un esbozo entre sus labios y me lanzó la cometa. Apenas la pude ver pero fue suficiente para oler su largo cabello. Olía como l’automne. Era la fragancia de lo antiguo, como si mi nariz ya la hubiera sentido en algún otro tiempo. Sentí las flores de ella y se nublaron las cometas, las canicas, en el balón o las carreras. Mi mente se resumía en tres palabras: Me gustaba Gabrielle.
 
En otoño, no hay luz sobre el rostro de nadie. En Paris no para de llover.
 
Disculpe. Me abro paso, es absurdo, soy como esos niños que caminan tratando de pisar solo las losetas de un mismo color. Mis ojos siguen aquel abrigo rojo. El mundo entero trata de esquivarme o grita por mis pisadas y empujones. No me importa sigo llevado por la inercia de esta aparición. Es como tener diez años otra vez y entender lo mucho que me gustaba Gabrielle ¿A dónde va? Estoy a cada paso más cerca y las oleadas de recuerdos que me sugieren otros tiempos ¿Qué le voy a decir cuando llegue? Su hombro y mi mano. Mejor la llamaba primero. Mejor fingía tropezarme con ella. ¿Debía sólo mirarla y seguía mi camino? Mejor la amaba en secreto. Mi día comenzaba al otro lado de la ciudad, en Louvre, y acá estoy yo con este terno y la corbata acuestas caminando sin sentido en este parque. El verde gris entre los asientos de madera, ella gira en la pileta. Ni Venus ni las Musas nos miran, el agua sigue corriendo. El mocoso con su mascota y la señora del cochecito, por suerte ni la mascota huyó ni el niño cayó. No puedo seguir tropezando con la gente, me quita tiempo. Ella sigue el camino hacía Rue D’Hauteville. Menos gente, para mi suerte. El piso está lleno del agua que cayó toda la noche sin descanso y sin prisa. Mis zapatos se mojan, tal vez del sudor o la humedad. Estoy seguro que jamás llegaré al museo. La conferencia comienza a las nueve. La señora gorda y su beigel son el nuevo impedimento. El señor del bigote limpia cada banca, una mano le pide permiso a la otra. Otro con el mismo traje amarillo barre unas hojas y la devora con la mirada ¿Cómo se atreve? Deje de ver a Gabrielle. Ella mira su reloj y su rostro voltea ligeramente, su pequeña oreja derecha es la misma. ¿Y la conferencia? ¿De qué iba a hablar? Lo único que tengo conmigo son mis recuerdos aquellos de un niño de diez años y nada más. Tal vez vive en Paris, la puedo dejar ir y buscarla mañana. Eran menos losetas y personas entre los dos. Eran más de 20 años, ya ni Gironde era lo mismo y Gabrielle tiene aún esa luz naranja a su lado. Disculpe no fue mi intención. Disculpe. ATTENTION. Tengo que darle el alcance. Disculpe señora.
 
En Gironde en otoño el sol nos saluda hasta las seis de la tarde.
Llegué a casa sin hambre, papá hizo de todo para reparar la cometa pero yo no tenía ganas ni de cortar la caña. El domingo entero me la pase tratando de arreglar mi cabello, imposible después de años al viento y a la tierra. Me fui al colegio sin ensuciar mi uniforme, no comí no hice nada más que salir corriendo, quería ser el primero. La maestra sentó a Gabrielle delante de mí, saludó y se sentó con el cabello largo y negro sobre mi carpeta. Su altivo mentón saludó a todos con un aire de otro mundo, tal vez Gironde era pequeño para su sonrisa de hoyuelos. Llegaba corriendo a clases, siempre tarde, del brazo de su hermana y mientras yo fingía jugar a las canicas la veía pasar con la esperanza de que ella sintiera aquel cariño. Perdí la mitad de mis canicas, en el trompo no podía darle a una y perdía en todas mis apuestas la lonchera, la tarea de matemática, las figuras del álbum del mundial. Se había desaparecido mi zurda preciada para patear en los recreos, perdí la pelota de fútbol en un estúpido juego de penales, llegaba a casa todos los días sin el pantalón roto y con los zapatos limpios, llegaba a casa pensando cómo hacer para que me viera.

Ella llevaba en su cabello la luz naranja del otoño, incluso cuando el invierno nos alcanzaba con las bufandas en los cuellos. Entre lágrimas me dejó la moleskine cuando apenas comenzaba a congelarse el lago. Aquella mañana en que su cuaderno cayó sobre mi carpeta la maestra entró a clases por ella, no había terminado de salir cuando me di cuenta que en la primera página decía TE QUIERO. Entendí que el cuaderno no cayó por accidente, era realmente mío. La maestra se la llevó del brazo, la mochila ni si quiera la pudo cerrar y la puerta de vaivén fue y regreso muchas veces sin que nadie la volviera a cruzar. Salió dejando atrás mi mirada que pedía una explicación, siguieron con la clase ese día, al día siguiente, en la semana y hasta que se acabo el año. La vi partir esa misma tarde del brazo de su abuelo. Gabrielle se fue a vivir con ellos desde aquel día. La primera semana del invierno en Gironde, cuando los gatos se suben a los árboles. Nadie les había contando las historias, no le dijeron que no es bueno subirse los árboles en invierno. Su padre trepó aquel sauce en la maison au fin de la rue. No le habían contado de Madame Mauresmo y el gatito pardo. El padre de Gabrielle cayó del sauce, el más alto de Gironde.
 
La lluvia se aproxima de nuevo sin prisa pero con fuerza.
Su paraguas cae del bolso, es el momento que me da París para ir hacía ella. Nadie se ha dado cuenta, sus pequeños zapatos giran, es lo único que puedo ver, me aferro al paraguas. No quiero, pero debo levantar los ojos verla, decirle al fin algo. Sus zapatos ya estaban ahí ante mis ojos. Disculpe, ese es mi paraguas. Levanto el brazo pidiéndole a mis ojos que levante la vista. Sus zapatos, aquellas rodillas, el inicio de una falda y unas piernas cubiertas por las pantys, un vientre delgado, pequeño, se movía con el ritmo de su respiración. Aquel abrigo rojo cubre mucho y sin embargo ahí están sus pechos como mirando, aquel mentón, sus hoyuelos en la mejilla. Pardon, ceci est mon parapluie. Una sonrisa dulce sale entre aquellos cabellos largos y negros. Le alcancé el paraguas sin salir de mi asombro, al fin pude llegar. Excusez moi. Toma el paraguas y su luz se alberga ahí adentro como para traernos la primavera de regreso al cemento. Merci beaucoup. Durante años he pensado en su piel, lo tibia que iba a ser y era tibia. Me doy media vuelta justo cuando la primera gota cae sobre su pequeña oreja derecha, sigue hacia Rue D’Hauteville.
 
El abrigo tiene algunas gotas encima. Aún puedo llegar a Louvre. La moleskine sigue en mi maleta, seguirá ahí unos años más.

domingo, 5 de junio de 2011

TINA Y BETINA - Sonríe y retrocede lentamente

Betina: Ya me dio hambre.

Tina: ¿Hambre? Pero acabas de comer un paquete de picaras.

Betina: ¿Ahora controlas lo que como? Me ha dado hambre pues.

Tina: ¿Cómo que te provoca?

Betina: Es algo así como hambre de almuerzo..

Tina: ¿Hambre de almuerzo?

Betina: Así pues, como una pizza o una salchipapa..

Tina: ¿Son las once de la mañana?

Betina: Ay! Mira…. ¡CUERPO A TIERRA! ¡CUERPO A TIERRA!

(se cubren con las casacas)

Vocecitas: ¿Qué demonios? ¿Por qué están escondidas? // Cállate, que no nos escuche ni nos vea. // ¿Ah? // Es Lulú. Si nos ve nos va a pegar // Por favor, ni que fuera una loca.

Lulú: ¿Qué hacen ahí? Parecen unas morsas

Betina: Hola… ehm, bueno…

Tina: Durmiendo

Betina: Eso

Lulú: Son las once de la mañana. Deberían estar haciéndole barra al equipo del salón

Betina: ¿Qué equipo?

Lulú: ¿QUE? COMO NO VAN A SABER QUE EL HAY UN EQUIPO DE DEPORTES EN EL SALON.

Tina: No nos gusta….

Lulú: ¿Qué?

Tina: Nada, dime ¿Dónde juegan?

Lulú: En la cancha 2.

Vocecitas: Ok, Tina sonríe y retrocede lentamente // ¿Cancha dos? ¿Dónde eso? // no sé, ni si quiera sabía que habían canchas // Sonríe y retrocede // CORRAN !!!!!!!!!!

Tina: Apúrate ahí viene Lulú.

Betina: No sé correr.

Tina: Corre B, corre por tu vida.

sábado, 28 de mayo de 2011

Por Memoria y Dignidad

El 26 de mayo el estimulo que movió a los peruanos para caminar para defender nuestro país superó a los miles que estuvimos en las calles. Se dice que fuimos 6 mil y las cifras van en aumento. La cifra es alta, no la sé con certeza, pero cuadra tras cuadra del Centro de Lima se llenaron de un mar de gente que pedía por Justicia, Dignidad y Memoria.

Hoy les escribo como joven, estudiante, mujer y peruana. Estar en la Marcha del 26 de mayo, convocada por la Coordinadora de Derechos Humanos y el colectivo NO Keiko, me ha llenado de aquella esperanza que menguaba en estos últimos días. Recordamos que un país que olvida está condenado a repetir su historia.

Como joven me alegra y me emociona ver como miles de jóvenes salieron a las calles con libertad y con orgullo a pedir a todos los ciudadanos que recuerden. Pedimos por un país que no sea indiferente ante la impunidad, una ciudadanía que reclama, Mientras más se le exige al gobierno este tendrá más respeto, orden y transparencia. Se pidió por el recuerdo de la sangre derramada de miles de jóvenes y por aquellos que han sido olvidados durante el gobierno de Alberto Fujimori. Se hablaba de una generación X, se decía que ahora ya no había esa inquietud en la juventud. Esta marcha demostró que estamos dispuestos a velar por la democracia y la libertad en el país.

Como estudiante de la Universidad Católica debo decir que siento orgullo porque fuimos más de 600. Sin contar a todos aquellos que por responsabilidades académicas o laborales no pudieron asistir, sin embargo estuvieron acompañando en la preparación. Nos dicen caviares, dicen que no tenemos la actitud de los estudiantes de los 70, dicen que es pura pose. A mí me quedó claro que no todo lo que dicen es cierto. No callaremos si se amenaza la construcción y desarrollo de una sociedad integrada pues se agrede a todos los peruanos. Había gente de las diferentes facultades pidiendo por la memoria, por un voto que no reivindique el periodo más oscuro de nuestra historia republicana. Pedimos por la vigilancia permanente de la democracia y por un gobierno que respete la autonomía de la universidad.

Como mujer salir a las calles para pedir por un voto que no olvide la memoria y la dignidad ha sido realmente significativo. El mundo está dando un cambio, espero la llegada de una mujer a la presidencia, sin embargo, en este caso la elección de Fujimori sólo sería un retroceso. No llegaría por sus logros políticos, por su trabajo social o por su trayectoria. Llegaría como la representante de una dinastía manejada por un hombre que denigró la imagen de la mujer desde el maltrato cometido contra su esposa, hasta los maltratos dados a miles de madres con esterilizaciones forzadas o con el silencio e impunidad ante las miles de denuncias por abuso sexual perpetrados por las FF.AA.

Foto de Buda de Nieve

Como peruana siento que hemos dado un gran paso. Fueron generaciones diferentes las que se unieron. Diversos estratos sociales, muchos credos, personas que fueron víctimas directas, jóvenes que éramos pequeños cuando el fujimorismo devastó el país, diferentes profesiones, estilos, géneros. Todos a una sola voz para pedir que no olvidemos nuestra histori al momento de elegir, pues conscientes de nuestro pasado podemos formar un mejor futuro. La gente aplaudió, recibió los volantes, hubo transeúntes que pasaban de largo y algunos que también gritaban cosas en contra. El 26 de mayo nos ha demostrado que hay esperanza, que debemos trabajar por la democracia y que no debemos vender nuestro voto por miedo. Luego de la primera vuelta quedé devastada y mis fuerzas se iban agotando ante la desesperación del regreso del pasado. Caminar en esta marcha con amigos, compañeros de estudios, con madres, con trabajadores, con peruanos valientes me ha demostrado que tenemos las fuerzas para seguir defendiendo al país. Si elegimos al fujimorismo tendremos de regreso los 10 más dañinos de nuestra historia, no sólo por la muerte que trajo. También representa la corrupción, la destrucción de la estructura gubernamental, la falta de respeto por los Derechos Humanos, la devaluación de los derecho laborales, la tendencia asistencialista, la destrucción de un sistema educativo que aún no termina de cuadrar, la compra de los medios de comunicación, el uso de la violencia para la represión y sobre todo significa que como peruanos no hemos aprendido la lección.

El jueves 26 del 2011 se escuchó fuerte y claro “PERU TE QUIERO, POR ESO TE DEFIENDO.” “UN PUEBLO CONSCIENTE, NO ELIGE DELINCUENTES”


Foto de Lorena de la Puente - Plaza San Martín

domingo, 22 de mayo de 2011

Audrey

Tendido sobre el piso, a lo lejos pude ver como subió a la fuerza en el Chevrolet negro. Quería ver más pero mis ojos se rindieron al dolor desde mi nuca hasta la frente. Eran borrones, neblina que cubrió mis ojos y no me dejó ver la placa de aquel carro que se la llevó.

Eran las cinco y algo de la mañana cuando el timbre comenzó a sonar. Era un ruido constante y fuerte. Audrey me sacó de los sueños para que le alcance la llave del edificio. Salí por la ventana, tenía los tacones en la mano y una carta en la otra. Lancé la llave y regresé a mi cama, luego de unos minutos empezó a llamar sin descanso a mi puerta. Abrí la puerta y Audrey saltó sobre mí. La carta era de la universidad, iban a publicar mi libro. Sin esperarlo, recibí el abrazo que tanto había anhelado.

Era afortunado al conseguir uno de esos abrazos que duran mucho y se sienten bien. Un abrazo de ella era un lujo que no todos han tenido el privilegio de disfrutar. Audrey solía llegar a casa a eso de las 5 o 6. Yo le alcanzaba las llaves y ella me servía de despertador. Cuando todos los vecinos del edificio se disponían a ir al trabajo, ella llegaba. Todos los días con un vestido nuevo y las gafas de sol. Dormía cuando yo tipiaba las noticias en el periódico. Cuando regresaba era su rostro el que veía salir. Una sonrisa y se embarcaba hacía un nuevo encuentro, siempre en aquel Chevrolet Bel Air.

- Deberías salir más seguido Fred, así te olvidas de tanta máquina de escribir.

- Otro día con gusto iré de amanecida contigo.

- No, conmigo no puedes. A menos que puedas pagar las cosas que te pida.

Aquel día, como parte de la celebración, Audrey me permitió salir con ella. No en su horario habitual. Tal vez para que no nos vieran, para recordar como luce el día. Tomó mi abrigo y de un jalón me llevó hasta la puerta. Para ella el día era joven y la vida se acababa cuando uno lo decidía. MI nueva publicación parecía haberle caído como excusa perfecta para no estar en casa. Ese día no quería quedarse en casa, las manos le temblaban de las ansias.

Primero fuimos al bar de Joe, quién nos ofreció un trago gratis. Era muy temprano y apenas había luz. El momento perfecto para comenzar el paseo por Central Park hasta llegar al cobertizo. Un largo paseo, apropiado para el abrigo rojo de Audrey, desgastante para mis zapatos. Ella no dejaba de mirar atrás, tal vez el parque no era tan seguro a esas horas de la mañana. Tomar champagne para el desayuno era su costumbre pero a mí me estaba empezando a pasar factura, necesitaba más que una bebida. Paramos en la cafetería por un pretzel y un café. Tomamos la novena avenida. Audrey no le quitaba los ojos a los escaparates, siempre había gafas nuevas para comprar o un vestido para probarse. Buscaba alguna tienda abierta, cruzamos sin mirar entre los taxis amarillos.

Paramos un momento, se acomodó los lentes de sol y el sombrero negro: Vamos a robar Fred.

- Escoge algo que quepa en el bolsillo.

- ¿Has hecho esto antes?

- Querido, no siempre he tenido quien me pague las cuentas o los gustos.

Escogí una pequeña caja musical, sonaba Moon River. Volteé a decirle que esa era la caja elegida. Audrey estaba en la ventana viendo a través de las cortinas raídas de la tienda de antigüedades. Las cerró rápidamente. No sabía si buscaba a alguien, tal vez quería ver que no viniera ningún otro cliente, nadie que pudiera pillarnos en medio del robo. Levantó la ceja, esa era la orden para irme a ver otros objetos. Me quedé mirando unas lámparas pero podía sentir sus tacones en el piso de madera. Pasos ligeros y seguros. Sentí su brazo enredarse con el mío. Le dio una sonrisa al hombre que estaba en el mostrador y salimos. Cruzamos la puerta y corrimos con la sensación de haber robado un banco. Nadie nos había visto, pero Audrey comenzó a correr. El golpe de los tacones aumentaba más y más. Miraba hacia los costados, su mano apretaba cada vez más la mía. Nuestros pies ya no se detenían, los ojos de Audrey ya no buscan los escaparates. Su respiración era cada vez más fuerte. Ya no sentía nuestros pasos, sentía sus latidos.

Una pared se puso delante de nosotros. Dos hombres vestidos de negro se detuvieron justo en la esquina de la novena con la décima.

- Te vimos Audrey. ¿Por qué no fuiste ayer?

- Vamos chicos, dejen que él se vaya.

- ¿Por qué no fuiste ayer? ¡CONTESTA!

- ¿Qué está sucediendo? ¿y ustedes? Audrey vamos.


Sentí un golpe. Cayeron mis rodillas y al final mi rostro.

En el invierno de Nueva York el pavimento realmente se congela.

lunes, 16 de mayo de 2011

Contra la Amnesia

Hace unos años oí estas palabras, antes de comenzar con la Cantata de Santa María. Palabras que se pueden aplicar a toda Latinoamerica y que el día de hoy son necesarias y precisas para el momento que estamos pasando en el Perú. Lo importante es que no se olvide. El olvido se lleva la la memoria, nos llena de impunidad y da paso a la injusticia. Lo que la sociedad necesita es justicia plena, solidaridad, respeto y siempre impulsando la creación de los ciudadanos.

"... QUEREMOS REIVINDICAR LO QUE HEMOS SIDO, PORQUE SOLO ENRAIZADOS EN EL PASADO SE CONSTRUYEN LOS SUEÑOS DEL MAÑANA."

La letra de esta canción nos puede servir para entender y defender a nuestra patria. Somos un país grande que no se conoce, somos una casa que no se cuida y ahora preferimos no mirar atrás para defender un futuro que será construido sin haber aprendido la lección. Como dice la letra de la canción si nos unimos como hermanos podremos luchar juntos para defender no sólo la democracia, también la MEMORIA por el recuerdo y el respeto a quienes pelearon y defendieron al país en uno de sus períodos mas oscuros y sangrientos. NO OLVIDEN, tejan la memoria, recuerden y conozcas. De esta manera podremos defendernos y honrar a todos aquellos que no callaron, a aquellos que fueron silenciados y a los que han logrado sobrevivir. Si ya hemos escuchado la historia no dejemos que se repita.


domingo, 8 de mayo de 2011

Frases entre clase y clase

Todos los profesores tienen frases célebres, algunos más que otros pero hay. Aquí les dejo algunas que he recolectado durante algunos ciclos como para que se rían o la piensen.

- A ver, la pragmática. Uno puede decir "Esa rata me debe dinero". Sin embargo, ustedes saben que no es posible y que en verdad se dirige a una persona ¿NO? Porque ninguna rata maneja efectivo (R. Renwick en clase de TGL)

- (Luego de caerse sobre las carpetas) No se preocupen chicos, yo soy como la peste. Nada me mata. (S. de Ferrari en Historia del Arte)

- ¿A quién no le gusta el fútbol? Claro, no el fútbol peruano que no existe. (S. de Ferrari en Historia del Arte)

- Si no leen no se les va a ocurrir mucho, porque al hombre no se le ocurren muchas cosas. (V. Vich en Literatura Actual)

- Conviertes la jerga en jerga. Entonces se convierte en una jergaza. (Jefe de Práctica de TGL)

- La gente se pasa, celebra el gol como si fuera la Capilla Sixtina. (R. González Vigil)

- Los románticos alemanes eran los mejores. No sólo los escritores se suicidaban, los lectores también. (R. González Vigil)

- A los autores chicos no los lee nadie. En cambio a MVLL lo leen hasta en Liliput. (R. González Vigil)

Esto hace de las clases más divertidas. Seguro habrán muchos más momentos para recordar

domingo, 1 de mayo de 2011

¿A dónde van?

El agua corría casi fría. Las imágenes la seguían inundando y la preocupación por Tito se convirtió en un dolor de cabeza que por momentos le cegaba la vista. Los oídos aún le zumbaban. Tragó agua y recordó que se moría de sed.

Le dio sed cuando estaba caminando, cuando a cada paso alzaba la voz. La sed apareció cuando tuvo que correr entre la multitud. Su cuerpo le pidió a gritos agua cuando apareció la policía. Ahora que podía tomar agua sólo le producía náuseas. Era incapaz de sentir frío a pensar del agua casi helada en medio de junio. Era incapaz de sentir algo más que no fuera miedo. Ese que se siente cuando descubren tu nombre. Nunca antes sintió temor como aquel día con la certeza que ya era demasiado tarde para deshacer el camino. Al fin entendió que sólo era cuestión de tiempo para que volviera a oír de ellos, tal vez cerca a su casa. Al cerrar la ducha escuchó los pequeños golpes en la puerta.

Luego de varios golpes en la puerta al fin consiguió respuesta. Unos segundos después al abrir, Macarena se dio cuenta que algo malo estaba sucediendo con su hermana. Sobre su desnudez se marcaban los moretones, carne molida con furia y rencor. Se veía más delgada que de costumbre. Un temblor en sus brazos iba del dolor al miedo. Sujetó las manos de su hermana con temor de preguntar lo que había sucedido. Como si Macarena fuera su único anclaje a la realidad, le apretó muy fuerte las manos. Empezó a contar con la mirada perdida, mirando en su memoria. Ella, Mateo y Nicolás pudieron escapar a tiempo pero habían tomado a Tito. No sabía que tan seguro era para ellos. No sabía si él iba a ser lo suficientemente fuerte o cuánto demoraría antes de empezar a soltar nombres, referencias o mentiras.

Macarena metió la ropa sucia de su hermana en una bolsa. Estaba llena de un olor ácido que le lastimaba la vista. Tomó el bolso de su hermana que estaba sobre la cama. El aza estaba roto y adentro encontró los papeles que antes estaban escondidos debajo del colchón. Recordó lo enojado que estaba su papá cuando encontró esos volantes. Se enfureció, gritó y vociferó que aquello era propaganda peligrosa. Cuando su padre se enteró que fue su hermana quién los había arrojado por el balcón del edificio central de la universidad su rostro se llenó de furia y la cólera que llevaba dentro la desató con un golpe voraz contra su hija mayor. Fue en ese momento que Macarena entendió que su hermana estaba metida en algo más grande de lo que se imaginaba.

- ¿Fuiste?

- Si.

- Pero….

- ¿Pero qué?

- Papá te dijo que no fueras.

- Ya estoy adentro Macarena. No hay marcha atrás.

- ¿Qué buscas? ¿Y nosotros? ¿Papá?

- ¿Ustedes?

- Si algo te pasa. Mira lo que te han hecho. Sabes que están llevándose a la gente.

- ¿Crees que no tengo miedo? Ya saben quién soy.

- Mira como te golpearon.

- Es el miedo de oírnos Macarena, eso es lo que genera la violencia.

- Tienes que decirle a mi papá.

- Macarena, no puede enterarse.

- Pero…

- NO PUEDE ENTERARSE.

Mateo les había contado que la gente sólo estaba a salvo si no los identificaban. Lo único que le quedaba era irse, lo antes posible sin mucho en el bolso. Mateo ya estaba listo, pasaría a las 10 por ella. Sin saber a dónde tenía que escapar. Sin fecha de retorno.

La cena ya estaba servida, sus padres ya estaban sentados en la mesa. Su madre tenía la casa perfecta, un buen matrimonio y dos hijas. Para ella eso era suficiente. Para ella no pasaba nada en el país, ni el puesto de su marido en el senado estaba en peligro ante el cambio abrupto del gobierno. Para su mamá la vida seguía normal, por lo menos hasta la hora de la cena. Su papá se había librado de su prisión política. Estaba con el cuello de la camisa desabrochado, la corbata ya estaba guardada. Su padre les dio una sonrisa y agachó su cabeza para bendecir los alimentos. Hacía un buen tiempo que ella había dejado su fe de lado. Había servido sólo para tenerla unos años ciega ante la muerte, el dolor y las voces que caminaban en las calles. El resto de su familia terminó sus oraciones.

- Hoy fue un desastre salir del centro.

- ¿Por qué?

- ¿No viste las noticias? Esos jóvenes de nuevo, marchando.

- Siempre me preguntó qué será de las madres de esos chicos.

- ¿Por qué mamá?

- Es obvio que tu madre se pregunta por qué esas madres no fueron mejores guías…

- Papá, ellos sólo están pidiendo por justicia.

- ¡BASTA!

- Papá, pero…

- No arruines la cena hijita, deja a tu papá comer…

- Si alguno de tus amigos ha estado ahí espero que no lo vuelvas a ver. ¿Entendido?

Sonó el timbre tan fuerte que la cuchara de su padre cayó sobre la sopa como un presagio. Uno de los empleados se dirigió hacia la puerta. Cuando apenas salía del comedor se oyó un golpe. Otro golpe más fuerte y la madera contra el piso. La puerta. Las preguntas en voz alta. ALINA SALDARRIAGA ¿Dónde está? Otro golpe. Ahora lo que sonó fue el puño contra un rostro y el grito de la madre de Alina. Gritos, palabras con sentido sólo para aquellos hombres.

Su padre se levantó de de la silla. Las dos empleadas se quedaron muy quietas en el marco de la puerta de la cocina. Al fin Macarena entendió a qué se refería su hermana “Ya saben quién soy”. Su madre las tomó de los brazos y las sacó de sus sillas. Se paró delante de ellas, asustada por las pisadas que se oían por toda la casa. Pisadas eran fuertes y rápidas. Golpes y estruendos en el segundo piso, ya estaban en los cuartos. Un golpe fuerte y vidrios rotos. Una puerta golpeada y el gritó que tanto temían: ALINA SALDARRIAGA. Su padre volteó a verla, pidiendo respuestas con la mirada, sin saber que podía ser la última vez. Su nombre se oyó en toda la habitación mientras el padre de Alina les reclamaba por entrar sin permiso a su casa. Aquellos hombres encapuchados no estaban entrenados para oír. Golpearon a su padre. La piel de su rostro sonó casi al mismo tiempo que su madre gritaba de miedo. Las rodillas de su padre rebotaron contra el suelo. Alina le soltó la mano de su madre con una caricia de despedida. La capturaron con fuerza y sin cuidado. Miró a su mamá y a Macarena por última vez. Unas señales con las manos entre ellos y todos empezaron a salir de la casa. Las súplicas de su madre y su padre golpeado en el piso sin explicarse por qué se llevaban a su hija fue el último cuadro que pudo ver.

Macarena sujetó el cuerpo agotado de su madre. No volvió a ver el rostro de su hermana, ahora tenía una capucha que la cubría. El cuerpo tenso de Alina trató de aferrarse a la puerta. Un golpe secó en el rostro. No podía ver nada pero sentía la sangre en la mejilla. Sintió miedo por no verlos más.

Tenían preguntas sin saber a quién hacerlas. Sabían que les dirían que vayan a la estación de policías a preguntar por ella. Sabían que en realidad ella jamás pisaría ese sitio. Tirado en el piso su padre abrió los ojos para ver la mirada de un hombre que le susurró al oído.

- Debería criar mejor a sus hijas senador Saldarriaga. No nos gusta la traición.