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jueves, 27 de enero de 2011

Celeste cuéntame un cuento

- ¿Qué hacia tu mamá contigo cuando eras pequeña?

- Me dejaba con la nana mientras ella se divorciaba de mi papá.

- Oh ¡qué linda!

- Ehmm si bueno, que te puedo decir G.

- ¿Celeste?

- ¿Qué?

- ¿Tú qué hacías Celeste/Azul?

- Mi mamá me daba un libro así me distraía y no la molestaba. Con ella tenía todo el tiempo para dedicarse a la familia que realmente quería, pero bueno al menos siempre me dio buenos libros.

- Veo que son bien lindas sus madres.

- G, en serio deja de decir madres, esa palabra me desespera.

- Lo siento Leonor.

- Bueno ¿Y tú qué hacías con tu mamá para entretenerte o socializar?

- Mi mamá siempre me contaba cuentos.

- Ya no te los cuenta, porque creciste?

- No, porque mi mamá murió hace 3 años.

- Oh! Lo siento. Disculpa por la pregunta

- No te preocupes Celeste, no me molesta que me pregunten por ella.

- Si ya bueno todo muy sentimental pero cuéntanos algo de lo que ella te contaba.

- Ella tenía un libro de cuentos ¿Leonor acaso a ti no te contaba cuentos?

- No, pero me daban pastillas. La que sí cuenta cuentos es Celeste.

- ¿En verdad?

- Sí, pero no te pienso contar ni un solo cuento.

G creo que en el fondo no estaba en tantos conflictos mentales como a veces pensaba, es más creo que es el más cuerdo de todo el salón. A pesar del desastre que lleva en la cabeza como su cabello y la falta de respuesta ante las molestas palabras del resto del salón, G resultó siendo más normal que todos nosotros junto con su frase escudo “Los que han sido perdedores en el colegio son exitosos en la vida”. Creo que se refería a sus indiscutibles buenas notas a pesar de sus grandes distracciones, pero incluso bajo esa circunstancia era poco probable poder asegurar que por su falta de popularidad en el colegio le iría mejor en el resto de su vida.

G era extremadamente delgado, realmente se le veía incluso débil, tenía el cabello corto y usaba lentes de contacto para no tapar sus ojeras. No importaba si dormía bien, mucho o poco, no era una cuestión de cansancio, siempre tenía grandes ojeras lo que le daba una imagen un poco más misteriosa de lo que debía ser. A veces se le veía incluso un poco muerto y regularmente era como si el color pálido de su piel hiciera que se viera más cansado. G se sentaba al lado de Celeste y Leonor, eran las únicas que lo ignorábamos o no lo molestábamos (de acuerdo al ánimo del día o de la cantidad de preguntas que hiciera ese día). Al principio a Leonor le daba miedo porque decía que parecía como si estuviera muerto, aunque de ahí le comenzó a hablar gracias a “su gran estilo para vestir” según L. Según Celeste su voz en las mañanas podía llegar a ser un poco perturbadora, su risa era un karma en mi nuca pero el volumen de su Ipod era perfecto para su mal humor de las primeras horas de clase, sobre todo porque ya sabía que el día comenzaba bien si ponía cada vez que me sentaba en la carpeta Hey Soul Sister.

Todo el resto del día estuvo pidiendo que Celeste le contará un cuento.

- Es bien fácil volteas le dices un cuento y se queda feliz. Por favor Celeste.

- Leonor, no es que abra la boca y brote el cuento, eso lo sabes.

- Pero, míralo ¿No te da pena?

- Pena me va a dar si acaba esta estúpida clase de biología y no entiendo nada.

- Yo te explico.

- ¿En serio?

- Sistema digestivo, por favor esa es mi área.

- Igual, ahora no le voy a contar nada.

- Celeste, en serio nos va a perseguir todo el día.

- Eso te pasa Leonor por decirle que yo contaba cuentos.

- Es viernes, hoy toca helado de lúcuma.

- No creo que nos siga a la heladería, además a él lo vienen a recoger.

Como Leonor lo había previsto, G no las dejó en paz durante todo el día porque lo que quería era nuevamente escuchar de la voz de alguien que le relate un cuento, cómo cuando era un niño y su madre le contaba cuentos antes de irse a dormir. Celeste trataba de no pensar en ello, se concentró en la clase y en la esperanza de que pronto sonaría el timbre que la llevaría directamente a la salida. Ella quería su helado de lúcuma y olvidarse del acoso constante de G que iba desde la dulzura de algunas de sus palabras hasta el instinto asesino de querer lanzarle la cartuchera entera en la cara. Leonor por otro lado se sentía culpable porque ahora G pasaría el resto del día acosándolas con tal de conseguir de Celeste Azul (cómo él solía llamarla) una historia. Leonor sentía que tenía la culpa por alimentar las ilusiones de G y al mismo tiempo sentía que era culpable del tormento que ahora Celeste y ella tendrían que pasar. Ni si quiera sabía qué clase de cuento quería escuchar, estaba segura que si se trataba de un cuento como La Sirenita o Caperucita Roja ella misma podría contárselo, pero ni ella misma creía que ese era el tipo de cuento que él esperaba.

Todo el resto de las clase se la pasó pidiéndole una pequeña historia a Celeste que optó incluso por hacer los ejercicios de matemáticas en la pizarra con tal de no oírlo pidiendo una y otra vez un cuento. En el recreo por más que quisieron huir él sabía dónde encontrarlas. Como todos los días se refugiaron en las escaleras del auditorio lejos del sol del día, lejos de la bulla de los niños jugando y lejos de las voces de sus compañeras de clase. Cuando ellas llegaron él ya estaba ahí, si bien no dijo ni una sola palabra no le quitó los ojos de encima a Celeste. Su mirada constante terminaba incomodándola más que su voz. Ella no estaba acostumbrada a que la mirarán, en su casa no la miraban porque todos estaban muy ocupados o simplemente no encontraban nada interesante en ella. Tanta atención sobre su ligero cuerpo y su larga cabellera empezaba a sacarla de quicio. A la salida la situación ya era insostenible y los peores temores de Celeste podían convertirse en realidad ¿Qué pasa si él las sigue hasta la heladería? Los helados de los viernes eran un ritual que Leonor y Celeste cumplían desde que entraron al colegio y nadie ni nada han podido quitarles esta costumbre, no podía dejar que G fuera y se sentará ahí sin quitarle los ojos de encima. Entonces se acercó a G, aprovechando que Leonor tenía que pasar por a dejar un trabajo antes de salir del colegio, le tomo la mano con fuerza y le dijo:

Presta atención G: Estoy feliz porque crecimos y me llevo lo mejor de todo esto conmigo, me contaron que debía ser honesta contigo. Puede que esto no sea lo que quiero pero no puedo caminar en la soledad por siempre. Hay cosas que no queremos que pasen pero igual las aceptamos, cosas que no queremos saber pero igual las aprendemos y gente con la que te cruzas y no la puedes dejar. Ese es tu cuento y el mío.

Celeste y sus pequeñas ballerinas de charol chocaron los talones y antes que G pueda darse cuenta le dio un pequeño beso en la comisura de los labios pero antes que hubiera alguna otra palabra ella ya estaba camino a su bicicleta. Dejó la mochila en la cesta que iba a delante y comenzó a pedalear incluso sin esperar a Leonor que llegaba corriendo, no volteó y sólo se detuvo cuando vio a Leonor al lado de G. Leonor se detuvo delante de G sólo para ver su desconcierto en el rostro, le dio una palmada en el hombro y le dijo:

Creo que nunca te va a contar la historia ¿no? Pero no te deprimas G, no cuenta cuentos así nomás, ya sabes cómo es Celeste. Un favor, no nos sigas a la heladería, es viernes ¿Recuerdas? Chau, nos vemos el lunes.



domingo, 15 de agosto de 2010

Tampoco Celeste puede dormir

- No puedo dormir

- Siempre tienes problemas para dormir.

- Si ya lo sé.

- Tómate una pastilla.

- Es muy tarde si la tomo ahora mañana estaré como zombie en clases.

- Eso es mejor que estar completamente despierta.

Celeste de vez en cuando tenía problemas para dormir. Podía contar ovejas, hacer listas de pendientes, podía recordar los nombres de todas sus primas o repasar en orden cronológico todas las canciones de los Beatles. Celeste intentaba hacer de todo pero cuando le tocaba el día en que no podía dormir simplemente su mente no se desconectaba de la realidad, su pensamiento seguía en lo último que le había sucedido y la anclaba en la tierra sin permitirle si quiera cerrar los ojos. Al día siguiente todo el mundo seguiría su rumbo. El colegio seguiría con sus mismas exigencias. Las chicas de su clase empezarían a gritar cuando una avispa entrará por la ventana y Leonor se iría a la enfermería fingiendo un dolor de cabeza para librarse de la clase de educación física. El mundo seguía sin importarle si ella durmió o no.

- ¿Por qué estás despierta Leonor?

- Ah bueno, cené demasiado porque mi mamá y su esposo se pelearon de nuevo.

- Y… ¿Qué pasó con la cena?

- Bueno, felizmente ya no se encuentra en mi organismo.

- ¡Leonor ¡ En serio, ya basta

- Algún día, no te preocupes.

- Leonor, creo debes parar.

- Puede ser Celeste, yo creo que debes dormir.

Leonor también sabía que al día siguiente la vida continuaría. Su madre seguro para sobreponerse a la pelea que había tenido seguro se tomó 3 Alprazolan. Al día siguiente seguro se iba a despertar como a las 12 del mediodía, le pediría a la empleada un café cargado y evitaría la luz con sus grandes lentes de sol. Era un hecho que cuando Leonor llegará de la escuela su madre no estaría. Para no seguir ingirieron Alprazolan se iría de compras. Compras compulsivas de cosas para la casa. Compraría cuadros, portarretratos, floreros, cubrecamas, se compraría ropa. Compraría todo para llenar el vacío que ella tenía, vacío que en verdad sólo se encontraba en su mente. El culpable no era del todo del esposo de su mamá, pero de cierto modo tampoco era tan inocente. Tenía que quererla mucho, para Leonor ese era el motivo por lo que seguía al lado de ella, no era una mala persona. Era gracioso, Leonor siempre quiso compartir más tiempo con él, pero más allá de la cena y los domingos era casi imposible porque casi todo el tiempo estaba trabajando o tratando de complacer todos los caprichos de la mamá de Leonor, quien sólo quería la “perfección”.

Leonor tampoco dormía porque sentía que había comido demasiado, más de lo que cualquier estómago puede soportar y ahora que al fin se deshizo de todo lo que comió, empezó a sentir que no debió hacerlo, como siempre, pero era demasiado tarde para tratar de arreglarlo.

- Deberíamos estar durmiendo en lugar de hablar por teléfono.

- Si, deberíamos... eso es cierto Leonor.

- Bueno, trataré tomando un té. Algo caliente debería funcionar.

- Un libro, si no duermo al menos ocupo mi mente.

- ¿Por qué no estás durmiendo esta noche?

- Debe ser por culpa de mi papá.

- Bueno en verdad no sé que es peor Celeste que los padres se peleen entre sí o que se peleen con uno.

- Al menos en tu casa no se pelean contigo Leonor.

- Eso es cierto, porque apenas saben que estoy.

Leonor había entendido que cuando había peleas en su casa, su madre se encerraría y tomaría algo para dormir, sabía que el esposo de su madre se iría más temprano al trabajo, en las noches llegaría a casa con algún obsequio. Este ejercicio se repetiría por días hasta que al fin su mamá se dignará a hablarle de nuevo, todo volvería a la normalidad hasta la siguiente pelea. Al igual que Leonor, Celeste comprendió que su caso era diferente. Sus padres tenían una buena relación su mamá vivía para su esposo, sus casa, sus hijas. Ella había crecido con la idea de tener hijos, una familia feliz y una casa ordenada, ese fue su sueño desde que jugaba con muñecas. Sus padres no se peleaban porque para su madre siempre le daba la razón y cuando no estaba de acuerdo arreglaba las cosas por lo bajo para que el siga pensando que tiene la razón y las cosas se hacen sólo como él las indica. Sus hermanas eran perfectas, jamás le daban la contra porque para el resto de la familia él era el eje de todo. Celeste, era la excepción de esa casa. Bastaba con que uno diga azul y el otro negro, entonces el caos se armaba. Su padre no concebía que alguien piense diferente. Para él era impensable que una mujer no necesite de un hombre. Para el papá de Celeste era casi una decepción que la menor de sus hijas no fuera como su esposa, no fuera con sus hijas mayores. No entendía porque tenía que pagar un psicoanalista para aquella niña, no entendía porque prefería sus libros a salir con sus amigas, no entendía porque se rehusaba a manejar un auto y se aferraba a su bicicleta. No entendía y no quería entender porque para él todo estaba mal, su hija sólo tenía como solución que cambien, como si algo fallara en ella.

- ¿Qué vas a leer?

- Bueno una de mis hermanas me regalo el poemario de Heraud y tengo pendiente terminar Los Miserables.

- ¿Otra vez Celeste?

- Si bueno, es que me gusta.

- Algo de música te iría bien, fácil así te duermes.

- Creo que el sueño me llegará mañana en medio de la clase de química.

- Bueno nos podemos sentar atrás para que duermas.

- Buena idea.

“Cuz if you’re happy in your head tan solitude is blessed and alone is okay”. Leonor no sabía donde lo había escuchado. ¿Celeste? Si, ella si sabía de dónde había salido esa frase. Su inusual compañero de carpeta. El tampoco encajaba mucho en clase, no encajaba porque no quería, porque se rehusaba a encajar para sentirse mejor, como si no fuera parte de nada. Según lo que explicaba estar solo lo hacía entender mejor a la gente, siempre le decía a Celeste “Tu Celeste Azul las quieres matar porque se ríen de tu nombre y porque no entienden que los libros son para leerlos e imaginar, yo las quería matar, ahora han dejado de existir, todos los chicos de la clase han dejado de existir menos tu y Leonor... eso lo vi desde mi espacio”

- ¿Leonor crees que tenga razón?

- Yo pienso que como nunca esta vez sí tiene razón.

- Me mata el sueño… me mata no poder dormir.

- A mí me mata comer Celeste.

- Bueno, como mi mamá siempre dice lo que no mata engorda.

- A mi nada me mata, a mí de frente me engorda.

- Chau, llega temprano mañana.

- Ok, trataré de no demorarme, espérame Celeste.

- Lleva impermeable.

- ¿Por qué?

- Porque puede llover.

Leonor dejó el teléfono y bajó las escaleras sin el menor cuidado de hacer bulla, su madre no podría sentir nada por el efecto de las pastillas y su esposo seguro estaba en su estudio trabajando. Pasó y lo vio, le dio una de las pocas sonrisas que ella tenía reservadas en la vida y fue por una taza de té y tal vez el pie de manzana que había quedado en el horno. Tal vez una, dos, tres tajadas o tal vez y sólo porque Celeste se lo recuerda siempre, una sola tajada.

Celeste dejó el teléfono en el velador y luego de un momento al fin decidió irse por el poemario de Heraud. Se echó con la cabeza hacia los pies de la cama, prendió la lámpara y empezó a leer, estaba segura que en un momento su papá entraría y le diría que duerma que no son horas para leer, felizmente aquella madrugada nadie le dijo nada. Al día siguiente se fue muerta de sueño a clases y como le dijo a Leonor, se quedó dormida en la clase de química.

- ¿Cómo sabías que iba a llover?

- Porque lo sé todo.



domingo, 11 de abril de 2010

Leonor, puedes respirar


Leonor se había escondido debajo de las frazadas de mi cama en un día de lluvia lo que sólo podía indicar que algo no andaba bien. Me tuve que limitar a sentarme en la mecedora, en medio de aquella forzada oscuridad, para escuchar los sollozos de Leonor y ver como de vez en cuando sacaba su mano para jalar un pañuelo Klennex de la cajita sobre el velador.

Era una etapa, siempre lo era, yo prefería volcar mi frustración con un buen par de audífonos y la música a todo volumen, tan perturbadora que las ideas se me removían. Saltaba por mi habitación como una desquiciada para que las ideas se me sigan removiendo hasta las entrañas, así era más fácil olvidar o sentirse menos culpable o tal vez odiar menos a alguien. Leonor en cambio prefería esconderse en una colcha, con los ojos hinchados, con las lágrimas en las almohadas. Esta vez era grave, por eso no se podía ir a su casa, sino su mamá la vería así y lo solucionaría con un calmante más, con una pastilla adicional al coctel que le mando el psiquiatra, porque al parecer para nadie es normal, excepto para nosotras, que alguien se deprima y no coma. No le hablaba porque con ella en ese estado era un trabajo casi en vano. Debía esperar a que se calme, que salga de la colcha con sus ojos negros ahora rojos por el llanto y con la mano extendida para que la ayude a levantarse. Llorar la agotaba, restaba de ella las pocas fuerzas que recolectaba durante el día y sin embargo llorar siempre fue una de los pocos escapes que tuvo durante el tiempo en que piso descalza la tierra.

- ¿Qué pasó? Es decir, la historia completa.

- La historia completa Celeste es que ya me aburrí.

Leonor se había aburrido del 80 por ciento de las cosas que había emprendido, porque no encontraba muchas que las llenara, todo era vacío menos las clases de ballet, menos los poemas de Eguren. Todo era aburrido menos poder hablar con conmigo, comer helados los viernes luego de clases, prestar atención a la clase de filosofía y conversar con el único amigo que tenía aparte de mí. Leonor pensaba que era una sensación de bienestar que sin embargo fue desmejorando, no porque ella se haya aburrido, sino porque él también se aburría de las cosas rápidamente. De eso fue, creo yo, que la pequeña Leonor se aburrió. Alguien se había aburrido de ella y eso era más difícil de asimilar que el resto de los problemas.

Sus sollozos me arrullaron y cuando volví a abrir los ojos tenía su rostro justo en frente. Que se haya levantado de la cama significaba que ya estaba lista para hablar sin tener que ocultarse debajo de la colcha.

Secó las lágrimas que aún le corrían por las mejillas, se sentó, acomodó la colcha alrededor suyo y empezó a hablar y hablar sin parar, era la segunda etapa. Iba a hablar conmigo lo que no le podía decir al psiquiatra porque en terapia la oían y después sólo la medicaban. Ella sólo quería que por alguna maldita vez la oyeran y nada más, sin pensar más, sin decir o analizar. No se trataba de develar los misterios de la vida, no al menos en este momento.

- ¿Quieres comer?

- Si.

- ¿Quieres comer en serio?

- No lo sé, pero si quiero comer.

- Ok. Helado entonces.

Al fin y en medio del helado llegó la tercera etapa, al fin L estaba lista para hablar sin atragantarse con sus sollozos y los pucheros que uno hace cuando las lágrimas salen de manera desenfrenada. Ahora si podía hablar tranquila, era el momento en que yo entendía que era lo que había sucedido exactamente, mejor que en terapia, mejor que en la vida de medicamentos que le habían hecho vivir y por algunas veces en su existencia sin sentirse culpable de comer o al menos no tan culpable. Por momentos callaba, tenía que ordenar las ideas, limpiarse los ojos y volver a acomodar la colcha como único escudo ante la realidad que a todos nos toca y con la que hasta el último de sus días no supo lidiar bien.

- ¿Fue como regresión?

- Algo así Celeste, fue triste.

Leonor regresó a los 4 años, o mejor dicho a los recuerdos que uno tiene de cuando tenía esa edad. Se es demasiado pequeño para recordar todo pero lo suficientemente consciente para grabar en la memoria aquello que de cierto modo nos hizo crecer, por ser algo bueno o algo malo. Leonor se había puesto mal luego que se parara tras la misma ventana en que esperaba a que llegara su papá cuando apenas era una niña. Había sido de nuevo engañada como lo solía hacer él, sólo que ahora era una nueva persona.

- Me voy, pero igual te voy a seguir viendo.

Fue lo que le su papá le había dicho a Leonor antes de irse de la casa y por su puesto en aquella época, cuando ella comía y no necesitaba ir a terapia su mamá le aclaró que ellos se divorciaban pero que ellos se seguirían viendo. Todo fue una mentira, no una mentira de su mamá sino de su papá que nunca más cumplió con su palabra. Al parecer si te aburres de Leonor dejar de cumplir con tu palabra, entonces eso se convierte en la mejor solución para calmar tu conciencia.

Luego de que nadie llegara la tarde anterior se paró detrás de la ventana y recordó como solía esperar a su papá los viernes, con sus zapatos de charol y su mochila lista. Supuestamente así pasarían el fin de semana juntos, ella le contaría con quien jugó en el nido, o que al fin hizo una nueva amiga “Se llama Celeste papi, un extraño nombre”, le iba a contar que comió, que le dijo su mamá y lo mucho que lo extrañaba, pero su papá nunca llegó. Fueron 5 minutos, fueron 10 minutos, fue a comer galletas y a hablar con su abuelo mientras esperaba, pasaron 30 minutos y decidió quedarse en la ventana. Papá había dicho a las 4 pero bueno a veces los adultos se retrasan pensaba ella. Ahora tenía 17 y no podía dejar de volver a los 4 años y recordar cómo sus ilusiones, puestas en el jardín delantero de la casa a través de la ventana por donde tenía que pasar su papá para recogerla como lo prometió, se desvanecieron junto con él.

- Más helado por favor.

- ¿Para que sigas tu relato?

- Si Celeste, más helado por favor.

Me siguió contando. Llamó el lunes como si nada hubiera pasado a pedir disculpas pero sin explicar nada, luego que Leonor se quedó el fin de semana como ahora con los ojos hinchados y la nariz roja de tanto llorar. La nana la sacó de la habitación porque sabía que su mamá le había pedido el teléfono para gritarle a su papá por ilusionar a la niña, a una pequeña.

- ¿Siempre fue así?

- Fueron solo 3 meses antes que desapareciera por completo, lo vi dos veces.

Leonor estaba convencida que así como su padre fue un malvado por mentirle a una niña, por crear expectativas que jamás iba a cumplir y sobre todo por actuar como si nada malo hubiera sucedido, de igual manera ella había sido una tonta por creer que llegaría a buscarla. Fue una tonta por aferrarse a las ventanas y llorar cuando su madre, su nana o su abuelo la sacaban de ahí, tonta por creer que algún día llegaría. Cuando creció siempre pensó que no iba a esperar a nadie más, que luego de lo que había pasado era imposible que alguien volviera a mentirle, porque para ella no podía haber nada peor que engañar a una niña, pero otra vez como en muchas de sus inocentes estimaciones de la realidad se equivoco.

Terminó su historia y siguió son su helado. Al fin pude entender porque estaba tan mal, no sólo le habían mentido sino que por eso habían vuelto a ella los recuerdo que pensó estaban ya suficientemente enterrados. Terminó de comer su helado, se arregló el cabello y tomo una de mis casacas.

- ¿Está lloviendo?

- Si, a cantaros.

- Perfecto Celeste, es hora de salir.

Bajo corriendo las escaleras de la casa, cuando abrió la puerta el aire frío entró de manera perturbadora, volteo y me dio una de esas sonrisas que dicen gracias.

- Leonor, ya para que gastas tus energías. Córtalo y punto.

Ahora que Leonor ya no está es que entiendo que ella sólo quería la lluvia y la verdad, eso era suficiente. Al menos al final de ese largo día y luego de decir todo lo que guardaba pudo respirar con normalidad de nuevo.



sábado, 24 de octubre de 2009

Leonor, déjalo pasar

Checho me pidio que escribiera sobre Celeste, pero por ahora no puedo pero si conoces a Leonor, entiendes a Celeste.

Estaba parada frente a la ruma de cosas que habían enviado. Leonor estaba ahí, parada entre los papeles de regalo, buscando. Pensó que tal vez era algo pequeño y que se había caído debajo del sillón. Pensó que era muy grande y por eso aún no lo habían subido. Todos habían mandado algo, desde sus tíos en Argentina hasta su papá que estaba en alguna investigación allá por Asia, tratando de entender algún dilema político que a ella poco le importaba.

- Seguro DHL se ha demorado.

Su hermana tenía razón, era lo más probable. Nunca se había olvidado de su cumpleaños, nunca dejó de saludarla, de enviar algún obsequio. No era tiempo para conjeturas, no era tiempo para maquinar ideas casi imposibles que excusaran la ausencia de un obsequio o su mutis durante todo el día. Simplemente se debe tratar de un retraso.

- Cámbiate, ya debemos salir.

En la casa de su abuela la estaban esperando sus tíos, sus primos, sus abuelos hasta el perro. También la esperaba Celeste seguro con su bicicleta y con la esperanza de que lloviera. Porque en el cumpleaños perfecto siempre tenía que haber lluvia. Era el mejor obsequio que el mundo le podía dar, así como el vestido que le había comprado su mamá, como el retrato que le había hecho su hermana. No faltaba nada, luego del almuerzo podría venir, echarse en la alfombra y abrir cada obsequio, doblar cada papel de regalo, guardar cada lazo y echarse en su cama a leer la carta que seguro le mandaría. Porque era un hecho si no había escrito un e-mail, seguro es porque enviaría una carta que llegaría en cualquier momento.

- Espero que te guste el regalo.

Seguro le encantaría porque Celeste siempre le daba cosas especiales. Era la caja perfecta, de color verde esmeralda con un lazo blanco. La abrazó, le dio las gracias y le susurró al odio que aún no había recibido nada de él. Celeste lo conocía tan bien como Leonor, o al menos eso era lo que creían. Sabían que no importaba que estuviera de viaje, el se comunicaría.

- Déjalo pasar Leonor, pronto llamará.
- ¿Tú crees?
- Nunca lo ha dejado de hacer.

Almorzaron. Su abuela había hecho puré de manzana, porque sabía que Leonor lo amaba, porque era su platillo favorito. Incluso aunque el resto de personas no comieran, era lo que la pequeña quería. Luego la torta, las risas y más abrazos. Sus tías diciendo lo mucho que había crecido y sus abuelos veían fotos de cuando era bebe. Todos preguntaron por su papá y ella les explicó donde es que estaba. Su mamá, como siempre hacía un comentario en contra, la abrazaba y le decía que lo mejor que había sacado de aquel matrimonio era ella y su hermana. A pesar de ese detalle Leonor estaba más que feliz porque aquel día no había problemas, ese día podía comer sin sentirse culpable, sin importar que al otro día se resistiera a probar bocado. Amaba ese día porque no había terapias, no había doctores, Celeste sonreía, incluso ella sonreía. Todos sonreían incluso cuando al día siguiente todo volvería a la normalidad.

- Tengo buenas noticias.
- ¿Cuáles son Celeste?

Hizo que Leonor volteara hacia la ventana, entonces vio el cielo a punto de romper en llanto. Supo de qué se trataba, ella la lluvia, la lluvia de su cumpleaños. La misma que cae en Julio y que ese día caía por ella. Tenía que salir, probar la lluvia, mojarse y esperar que la tierra se mojara para oler el aroma de la tierra humeda.

- ¿Lista?
- Espera Celeste, dame tu celular.

Buscó, se peleó con el teclado y esperó que la conexión no se fuera. Había un e-mail en la bandeja de entrada. Seguro que ahí le explicaría porque es que se había demorado, seguro tendría alguna historia graciosa de su viaje por el Mediterráneo y se despediría con un beso y un abrazo. Es más, tal vez como el año pasado, tendría un video adjunto con él mandado saludos. No podía esperar más, dio enter. Si era un correo de él con un SIN ASUNTO. Fue extraño, lo fue para la pequeña Leonor que lo leyó y no creyó que eso fuera todo lo que tenía por decirle. Fue extraño para Celeste, incluso fue extraño para su mamá que lo leyó luego de que el celular cayera como un bloque en medio de la mesa. Era un simple y desabrido PASALA BIEN. ADIOS GL. El celular cayó y a Leonor le llegó altamente que afuera lloviera a cantaros, no se puso las botas para la lluvia, no se puso el abrigo, salió al jardín entre las lilas, con la tierra que ya olía a húmeda. Tenía que salir a ver si con algo lograba concebir que después de tanto tiempo todo se resuma a 3 palabras.

- ¡Leonor! ¡Leonor!
- Nunca le importo. ¿Es cierto, no?
- Deja las cosas pasar L.
- Pero no le importo.
- Pues, que no te importe tampoco.

La lluvia seguía y si bien le costó mucho a Leonor dejar las cosas pasar, la lluvia se las llevó. Las lilas seguirían ahí el próximo año, la lluvia volvería a caer. Leonor aprendió que no llegas a conocer a la gente del todo, en eses tres palabras creció de golpe. Ya no importaba si le escribía o si decidía irse el día de su cumpleaños o si volvía en una semana. Si le hablaba o la ignoraba por el resto de sus cortos días. Leonor no iba a estar el próximo año pero Celeste aún se acuerda que después de ese cumpleaños, después de toda la lluvia en los zapatos rosa y luego de un poco de Edith Piaff, Leonor pudo dejar las cosas pasar...al menos eso me contó Celeste antes de irse también.